Réquiem para la Muerte

El tren salió de la estación a medianoche, cuando los nubarrones ceñían el cielo en tropel y la tormenta era inevitable. Pleno febrero. Todo un pueblo estaba de festejos en los carnavales. Los pasajeros llevaban las ventanillas abiertas porque el ambiente se hizo sofocante. Desde sus respectivos asientos podían observar, mientras la locomotora iniciaba su primeras maniobras, el espectáculo que se desarrollaba al aire libre: lamparitas multicolores pendían de extensos cables, amarrados éstos a unos postes enclavados en cada una de las esquinas, y dos o tres carrozas que deambulaban por el asfalto, exhibiendo grotescos muñecos artesanales. Cuando el motor de la máquina logró mayor impulso, en el interior de los vagones comenzó a sentirse ese olor a tierra mojada que anuncia una pronta lluvia.

Los viajeros ocupaban sus correspondientes butacas, menos uno de ellos. Parada en el amplio pasillo del coche, bien al fondo, era invisible casi a todos. Sorprendentemente, una niña que se hallaba sentada en el asiento de enfrente, logró divisarla sin dificultad alguna. Mientras se aferraba a un conejo de peluche con sus pequeñas manos, no cesaba de mirarla por el rabillo del ojo.

-Sos muy vieja-le dijo la niña.

-Sí, lo soy.

-¿Pero antes, eras como yo?

No, siempre fui así.

Después de que un trueno estallara a lo lejos y el viento cambiara su dirección, comenzó a llover copiosamente. Solo se oía el repiquetear de las gotas sobre el techo de los vagones. La mayoría dormía, salvo ella. Continuó resignada a la misma postura, erguida como una estaca y sumida en sus propios pensamientos.

Un relámpago le iluminó el rostro por completo, aunque nadie se percató de ello. Presentaba toda la apariencia de un ser absolutamente enajenado, disminuido a un retroceso espiritual vertiginoso, sin calma ni asidero existente al que poder sujetarse en el irrevocable descenso. Era una oveja descarriada del rebaño, por lo menos así lo asumió desde que le sobrevino un intenso agotamiento y sus piernas se le convirtieron en un yunque viejo, oxidado. El insoportable traqueteo del tren pasó a ser una burda insignificancia en comparación al vacío y fatalidad que la atacaban permanentemente por los flancos más vulnerables. En la primera parada del viaje sintió un resquemor hacia toda la humanidad. Entonces la maldijo entre dientes y escupió en el suelo para afirmar su cruel juramento. Le vinieron náuseas, dolores intensos de cabeza, acertijos incompresibles, palabras escritas con sangre en las membranas viscosas de su organismo.

La marcha era apacible. Amaneció. Llegado el mediodía todos abrieron sus maletas y sacaron las viandas que llevaban consigo. Luego, a la hora de la siesta, un silencio cavernoso se propagó por todo el recinto. La chiquilla se mantuvo despierta; balanceándose de un lado para otro,  se revolvía torpemente los rizos de la cabeza con las manos y estornudaba de vez en cuando. Ella, intocable, misteriosa, seguía en el mismo sitio. La niña volvió a mirarla y después de unos segundos le dirigió la palabra nuevamente.

-¿Por qué no te sentás?

-Es que de aquí observo mejor al Mundo.

-¿A dónde vas?

-Al trabajo, allí voy.

-Papá trabaja en el cielo. Eso me dijo mamá cuando un día no estuvo más entre nosotras. Pero yo sé la verdad.

– “Penale veritatem”-fue su única respuesta.

Un silencio se interpuso entre ellas. La pequeña aún tenía más inquietudes que disipar.

-¿Sabés como es la muerte?

-Solo sé que es un reo desdichado.

Reiteradamente la embestían voces extrañas y remotas. Mandatos y catálogos con fechas, apellidos, direcciones, horas, minutos y hasta segundos. Abrió un poco su vestido y notó cuan famélica se encontraba: le faltaban algunas costillas, las falanges se asemejaban a finos hilos de coser carcomidos por las polillas, el esternón mostraba cientos de abolladuras. Sintió un fuerte escozor en la espalda, pero no pudo calmarlo, porque no tenía con qué.

En un rapto de lucidez, oyó rezar el Padre Nuestro a uno de los pasajeros. Con un rosario en las manos y mostrando actitud devotísima, cantaba la oración una y mil veces. Fue cuando se olvidó de su estado calamitoso para prestar atención a las palabras pronunciadas por el hombre.

-Deberían haber suprimido ese pasaje-dijo en voz alta. Pero nadie la escuchó. Solo la niña.

-Nadie te escucha. Dijiste…

-El que la mayoría pronuncia: “…perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

-No creés en Dios.

-No es eso.

-¿Y entonces?

-Porque no todos saben perdonar.

El tren se detuvo. Era la última parada y la gente comenzó a descender a los empujones. La niña estaba junto a su madre, con los ojos bien abiertos, asombrada por cómo se increpaban los unos a los otros.

-¿Te bajas acá, no?

-Sí.

-Estás triste.

-Es que me estoy muriendo.

Por primera vez, después de tantas horas de inmovilidad, emprendió el camino que hacía tiempo tenía en mente. Cuando llegó, fue hasta al balcón y contempló a toda la humanidad. Unos misiles que sobrevolaban el cielo, miles de muertos y cientos de ruinas le provocaron una puntada filosa en el corazón. El trabajo nunca cesaba. Estaba hastiada de esa rutina horripilante.

La idea que tantas veces le había rondado por su cabeza tomó mayor consistencia en ese momento. Entonces, con un paso calmo y preciso, se dirigió hacia su escritorio y con un trazo torpe y ligero firmó la renuncia. Automáticamente la dieron de baja en el sistema y así, presionada por las voces de su conciencia, cansada pero arrepentida,  cayó en la cuenta de que había perdido su única y completa dignidad.

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Una respuesta a Réquiem para la Muerte

  1. Martín dijo:

    Reblogueó esto en La primavera de los pueblosy comentado:
    Recomiendo mucho el blog de mi amigo Nicolás, donde pueden leer cuentos como este:

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